
Nos sentamos en la mesa, con la exclusiva idea de mantenernos en silencio, mientras se desarrollaba el espectáculo. Teníamos mucho para decirnos, pero ninguno de los dos quería decir esa última frase, aquella que da por finalizada toda relación. Tanto nos unía, tanto, que nos asustábamos día a día, éramos chicos quizás, o quizás solo nos angustiaba el saber que ese era el fin, que no había mas búsqueda, justo a nosotros que nos vanagloriábamos de ser eternos buscadores.
Las luces se apagaron, y el quejido de un bandoneón lleno el salón de la confitería (como nos gustaba decir palabras que eran del tiempo de nuestro abuelos), las luces se reunieron alrededor de un estática pareja de baile. Ella, una morocha de pelo encerrado, en un tirante peinado con gomina, El, un hijo de inmigrantes alemanes, que había monopolizado sus ejercicios físicos en el área de la espalda. Se miraban extrañamente, permanecieron en una tensa calma por unos, interminables, segundos.
Al primer movimiento, de esos cuerpos, entendí porque el tango se baila con ropa de perdición, la tensión sexual que emanaba esa pareja inundo nuestra mesa. Nos acercamos en silencio, nuestros cuerpos se rozaron, se reconocieron, y la firma de la paz se dio en silencio. Me miraste, me lanzaste una de tus sonrisas, del millón de dólares, te respondí con una mueca de aprobación, y los dos nos dijimos, en una sola voz, “Solo hay que recurrir a palabras que mejoren el silencio…”
Las luces se apagaron, y el quejido de un bandoneón lleno el salón de la confitería (como nos gustaba decir palabras que eran del tiempo de nuestro abuelos), las luces se reunieron alrededor de un estática pareja de baile. Ella, una morocha de pelo encerrado, en un tirante peinado con gomina, El, un hijo de inmigrantes alemanes, que había monopolizado sus ejercicios físicos en el área de la espalda. Se miraban extrañamente, permanecieron en una tensa calma por unos, interminables, segundos.
Al primer movimiento, de esos cuerpos, entendí porque el tango se baila con ropa de perdición, la tensión sexual que emanaba esa pareja inundo nuestra mesa. Nos acercamos en silencio, nuestros cuerpos se rozaron, se reconocieron, y la firma de la paz se dio en silencio. Me miraste, me lanzaste una de tus sonrisas, del millón de dólares, te respondí con una mueca de aprobación, y los dos nos dijimos, en una sola voz, “Solo hay que recurrir a palabras que mejoren el silencio…”
(Foto cedida por Agus)